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La pintura “debe tener volumen y espacio”, afirmaba el pintor y escultor colombiano Fernando Botero, fallecido el pasado viernes a los 91 años.
El artista contaba que, al pintar una mandolina a finales de la década de 1950, descubrió “una nueva dimensión que era como más volumétrica, más monumental, más extravagante, más extrema”.
“Si pinto una mujer, un hombre, un perro o un caballo, lo hago con volumen. No es que yo tenga una obsesión con las mujeres gordas”, aseguró en una entrevista al diario español El Mundo en 2014.
Y es que las figuras voluptuosas delinearon su prolífico trabajo —tanto en la pintura como en la escultura— que fue reconocido a nivel mundial.
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Desde su juventud adoptó el estilo porque se diferenciaba del “tabú” del arte bidimensional predominante, explicó a BBC Mundo en 2005.
“Tomé un camino aparte, casi opuesto a la mayoría de los otros artistas. No soy cubista, impresionista, surrealista, expresionista. Soy lo que soy”.
Sin embargo, su seña de identidad le obligó a tener que aclarar lo mismo en repetidas ocasiones durante su carrera: él no pintaba personas gordas, sino voluminosas. Quería explorar la monumentalidad de las formas y el volumen exaltado.
“Decir que Botero pinta gordos es una afirmación un tanto simplista”, dijo su hijo Juan Carlos Botero en una conferencia en 2019.
“Para crear elementos gordos en sus cuadros tendría que haber también elementos delgados para resaltar la gordura, pero no los hay, porque una cosa es la gordura y otra es el volumen. El estilo de Botero gira precisamente en torno a esa propuesta, exaltar el volumen de las cosas para darles grandeza”, agregó.
De entre las muchas obras icónicas y representativas de Fernando Botero, BBC Mundo seleccionó cinco de ellas:
Museo Botero
Más allá de lo que delineaban las formas en sus obras, Botero también imprimía su punto de vista en ellas.
Una de las primeras que llamó la atención más allá de Colombia fue “Obispos muertos” (1961): una pila de cuerpos de jerarcas de la Iglesia con sus vestiduras.
Museo Botero
A lo largo de siete décadas de trabajos, Botero pintó en varias versiones su imagen de una familia tradicional. Una de ellas fue la que tituló simplemente “Una familia” (1989).
También con su estilo característico, Botero pintó en 1959 su propia versión de la Mona Lisa, de Leonardo Da Vinci, pero mostró a La Gioconda como una adolescente. Se trata de la “Mona Lisa a los 12 años”.
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En el mundo de la escultura, Botero también usó las formas con amplias curvas.
Una de sus obras más representativas y cargadas de historia fue “El pájaro”, instalada en su natal Medellín y que en 1995 sufrió un episodio de la violencia criminal del narcotráfico.
En el parque San Antonio, un grupo no identificado hizo detonar 10 kg de dinamita a un costado de la escultura de bronce, que quedó severamente dañada.
El artista rechazó que fuera reparada y sustituida. En su lugar, envió una nueva paloma para que acompañara a la primera, símbolo de la violencia criminal.
Otra de las esculturas más conocidas a nivel mundial del artista de Medellín es “Gato”.
Elaborada en bronce y con una longitud de 7 metros, fue instalada en Barcelona en la década de 1980.
Para los Juegos Olímpicos de 1992 en esa ciudad, fue trasladada a las inmediaciones del Estadio Olímpico. Desde ese momento, adquirió fama mundial.
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